Avanzando un poco más

El pasado 21 de marzo,  “Día Mundial del Síndrome de Down”, fue una  buena oportunidad para hablar de los derechos sexuales de las personas con discapacidades o necesidades especiales. Pero más allá de un día determinado las personas vivimos el día a día, nuestros hijos e hijas con diversidades y normalidades diferentes viven cada día y cada día manifestamos nuestra manera de vivir la sexualidad, por ello me ha parecido interesante escribir unas líneas sobre este tema, insistiendo en la piedra angular de los derechos sexuales, derechos que están  reconocidos y declarados, pero muchas veces no  están ejercidos, y es porque todavía existen muchos tabúes y muchos miedos sobre estos temas.

Hablemos de la sexualidad y las personas con Síndrome de Down.

El primer escollo, somos nosotros las “personas normales”, nos inquieta lo que creemos que sienten y viven los demás desde nuestra óptica subjetiva.

Cuando pensamos en una persona con síndrome de Down, pensamos en ellos como personas con una edad mental de niños, pero como si tuvieran nuestra sexualidad de adultos.

Al pensar en ellos como niños, nos inquieta su sexualidad, porque socialmente sigue vigente la creencia de que los niños son asexuales, pero en contraposición pensamos que se les puede despertar una sexualidad exagerada, ya que posiblemente “no sean capaces de controlar sus impulsos” y por supuesto el miedo a que puedan abusar de ellos. Con estas premisas no es difícil entender que las convertimos en personas sobreprotegidas y la sobreprotección invalida y crea dependencia excesiva.

La sociedad mira a las personas con síndrome de Down y a su sexualidad desde lo que no puede hacer, desde la no normalidad. El entorno los atiende y cuida los aspectos “no normales” y desentiende los normales.

La sexualidad de estas personas no es diferente a la de los demás, tienen, sienten y pueden expresar y practicar su sexualidad de una manera gratificante si entendemos que su sexualidad no es la nuestra, que hay diferencias entre la edad cronológica y las etapas evolutivas en las que se encuentran. El paso por las diferentes etapas evolutivas en más lento en estas personas.

El problema es que se ignora y no se educa ni se acompaña. Una discapacidad, en sí misma, no debe justificar ni un comportamiento anómalo ni que la persona portadora sea educada o reciba mensajes diferentes del resto de la población.

Estas personas pueden aprender a manejar las expresiones de su sexualidad y adaptarse a aquellas manifestaciones que están socialmente aceptadas.

En la adolescencia pueden masturbarse y tener fantasías sexuales, pero tienen más dificultades debido al déficit de habilidades sociales, ausencia de intimidad, menor grado de autonomía y sobretodo menor información y ausencia muchas veces de educación sexual.

¿No es hora ya de desterrar todos esos mitos que los envuelven?  Recordemos algunos:

Las personas con discapacidad son asexuales, la sexualidad se refiere a los genitales, la información sexual solo sirve para despertar el instinto, las personas con discapacidad no controlan sus instintos, no necesitan educación sexual, etc

Afortunadamente, aunque de forma lenta las cosas están cambiando. Está sobre la mesa el cuestionamiento de que la sobreprotección no les ayuda, sino que les impide afrontar las situaciones necesarias para llegar a ser adulto: tolerar frustraciones, elegir, aprender de los errores, de las experiencias…y a amar. Y reflexionar que la vivencia de la sexualidad es individual y no tiene que ser la que nosotros creemos desde nuestra mirada de adultos y sin Síndrome de Down.

¿Qué puedo hacer yo que tengo un hijo o una hija con síndrome de Down?, ésta pregunta la he escuchado en muchas ocasiones durante mi vida profesional.

El primer paso es entender que tienen necesidades sexuales y derechos sexuales.

La aparición de las manifestaciones sexuales de estos hijos es algo muy angustioso para los padres. Es la resistencia de los padres a enfrentarse con el desarrollo de sus hijos.

La persona con síndrome de Down crece con tremendas carencias en cuanto a su proyección de futuro y en cuanto a sus relaciones afectivas y su sexualidad.

Estar atentos al proceso psicoevolutivo de sus hijos e hijas, fomentando una educación que le ayude a pasar por las distintas etapas evolutivas procurando que no quede fijado en ninguna de ellas y proporcionándole información y confianza.

La educación sexual es fundamental.  ¿Cómo ha de ser esta educación sexual?

Los profesionales y los padres debemos captar sus necesidades y deseos en todas las áreas, incluida la sexual, para que puedan ser escuchadas y atendidas y, en la medida de lo posible, satisfechas.

Respeto, intimidad y privacidad.

No hablar tanto de genitales, sino trabajar más en que chicos y chicas, hombres y mujeres aprendan a manejar cuerpos; legitimar las formas de disfrutar de ese cuerpo, a veces a solas, a veces en compañía, «muy importante“ los besos, las caricias, pasear de la mano, dormir abrazados, las miradas o compartir secretos” no se trata sólo de centrarse en el coito.

Son personas con dignidad que requieren apoyos y acompañamiento para realizarse como seres humanos y vivir de la manera más plena posible.

Es vital favorecer que la persona pueda expresar con las herramientas que pueda sus preferencias personales y necesidades, que exteriorice y visibilice sus necesidades sexuales.

Entender   la importancia de la vinculación afectiva como esa necesidad de contacto, de intimidad con la persona elegida, que aumenta la seguridad emocional y la autoestima.

El avance de uno es el avance de todas las personas.

Francisca Molero Rodríguez

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